
Image credit: Javier Bullrich
Inicio de novela: Yo fui yo
Entrega para taller de escritura.
Había que escribir un principio de una historia en tres horas, esto es lo que yo entregue.
Yo fui yo
Había una vez, no, perdón, me corrijo, déjenme volver a empezar.Había treinta y seis veces un hombre (o treinta y seis hombres, dependiendo que tanto abarque la percepción espacio-temporal del lector) que se enfrentó a su destino, luchó con sus compañeros, amo de manera apasionada y después, abruptamente, murió.
Este hombre es treinta y seis veces la misma persona, pero, en cada «vez», es un individuo distinto; en dos de estas veces, por ejemplo, es una mujer, en otras seis se llama de manera distinta, nueve veces difiere en altura de los otros veintisiete y en la vez treinta y ocho, treinta y nueve y cuarenta no existe este hombre.
Siguiendo esta explicación, se puede afirmar, con absoluta confianza y sin certeza alguna, que este hombre es la misma persona y nos es el mismo individuo de la misma manera que se puede afirmar que este hombre no es la misma persona pero es el mismo individuo. Ambas afirmaciones son válidas y ambas afirmaciones son equívocas, por lo tanto, tal y como uso un científico que tenía una fijación por demostrar su teoría envenenando gatos, yo, y no usted lector, puesto que su espacio-tiempo es universal, mientras que el mio es omniversal (término que una criatura universal se ve incapaz de comprender sin importar cuánto se le explique), puedo decir que este hombre es, y no es, el mismo individuo, y, que también, es la misma persona (excepto cuando tiene un nombre distinto por que, al tener una identidad distinta, no se lo puede reconocer como la misma persona).
Esta historia, sin embargo, no trata sobre ninguno de estos treinta y seis hombres; si el lector es atento habrá notado que llegue a nombrar la existencia (o inexistencia) de este hombre en cuarenta veces distintas, sin embargo, esta criatura omnitemporal (caracteristica tipica de los seres omniversales) mencionó, tan solo, treinta y nueve instancias de este hombre. Hay una instancia que está faltando, que, si el lector fue atento y releyó las líneas anteriores (como hace en más de cincuenta y siete por ciento de las veces que lee esto por primera vez) se habrá dado cuenta que nunca he nombrado a la instancia numero treinta y siete. El lector se preguntará porque omití ese número pero antes tengo una pregunta que hacerle. ¿Sabe en que “vez” de las cuarenta nombradas usted se encuentra?
En la número treinta y siete. Usted ya ha vivido este momento treinta y seis veces, pero también se puede decir que la persona que lo vivio no fue usted, asi que repitamos lo mencionado unos párrafos antes y acordemos que usted ha y no ha vivido este momento treinta y seis veces. Y, continuando con toda esta línea de pensamiento, le explicare porque no había mencionado a la instancia numero treinta y siete.
La instancia numero treinta y siete no existía, pero ahora si existe. Lo que cambió entre el antes y después (una medida de tiempo incorrecta que utilizan ustedes, los seres universales) es su percepción. Esa instancia del hombre nunca fue percibida a nivel consciente o inconsciente por ningun ser universal y las cosas que no son percibidas son, tan solo, una probabilidad. Usted, al haber leído sobre este hombre, lo percibió, y, por lo tanto, lo hizo existir en esta “vez”, pues un personaje que nadie imaginó no puede existir en una realidad hasta que, al menos, alguien de esa realidad lo imagine.
Ahora que he logrado explicar vagamente que es el hombre, pasemos a explicar quién es el hombre y todo lo que eso conlleva.
El hombre tiene veinticuatro años, se llama Mariano y es travesti. Fuma mucho, no le gusta el alcohol pero se droga. No es homosexual. Tampoco heterosexual. Está enamorado de alguien que vive en la “vez” treinta y ocho. Es un ser omniversal en un mundo universal. Existe treinta y siete veces y él lo sabe. El es una excepción a todo lo dictado anteriormente.
Ya explicado todo esto, voy a volver a empezar a contar esta historia, se la contaré a usted por treinta y sieteava vez y usted la leerá como si fuera la primera. No empezaré en pasado porque esta historia no ocurrió, si no que ocurre mientras usted la percibe. Como usted la interpreta es la verdadera forma en la que ocurre, aunque este mal. Así que, sin más preámbulo, empecemos:
Hay una vez una chica llamada Ángeles, esta chica es, pero a la vez no es, un chico, así que podemos decir que Ángeles es un hombre y una mujer, pero no es las dos cosas, ya que el es un travesti; y esta es la historia de cómo él se enamoró de alguien que todavía no “es”.
—Hijo de puta, cerra el libro de una vez. Leer es para idiotas que no tienen nada que hacer.
Con esas dulces palabras Ángeles empieza esta historia. Es más agresiva que la vez anterior, se nota que está ansiosa porque está a tan solo una vez de llegar a su objetivo.
Después de decir esto él se levanta de la cama, se toma un café, se cepilla los dientes y espera a que sean las seis y cuatro con treinta y seis segundos para salir del departamento, el momento justo cuando el señor Cornelio entra a su casa y se evita la charla matutina. De ahí cruza la calle y empieza a caminar una de las dos cuadra en su camino.
Después para en el kiosco para comprar unos cigarrillos y de ahí…
¡Ey, dije “para en el kiosco para comprar unos cigarrillos”!
¿Acaso me estas escuchando?
¿Mariano?
Ya pasamos por esto…
No me obligues a hacerlo de vuelta.
(El narrador suspira y revuelve unos papeles)
—¿Me explicas para que te narras a vos mismos? —me pregunta, increpando, Mariano.
¿Acaso tengo tu atención? Bien, sigamos entonces.
—Pero solo si no comenzas el siguiente párrafo con el mismo adverbio que el anterior.
¿De que estas hablando?
—Empezaste dos párrafos seguidos usando el adverbio “después”. Un poco de propiedad.
Es un elemento vanguardista usado por…
—¡Un poco de propiedad dije! ¿O acaso, además de escribir no sabes leer?
No me obligues a hacerlo…
—¡No! ¡Espera! ¡Sigamos con mi historia!
Entonces ahora si, como decía…
Durante su caminata por la calle, Mariano, quien vestía unos zapatos de cuero incómodos, los cuales hacían que le duela el juanete que tenía en el pie izquierdo, paro en el kiosco a comprar cigarrillos, pero el mal nacido era tan pobre que no tenía ni un billete en su posesión, y tuvo que pagar con monedas, pidiéndole ayuda al kiosquero porque el parkinson que tenía en las manos no le permitía contar las monedas. De ahi siguio caminando y piso un excremento de perro. Fresco. Todo mientras esperaba para cruzar el semáforo.
—¿Seguis resentido, no?—dijo él, solo, en la calle, mientras la gente lo miraba como si fuera un loco porque esta hablando solo a un narrador que nadie más que el escucha y que el asume que ese narrador está enfurecido porque lo insultó al decirle que no sabe escribir. Como también supone que ese narrador, por resentido, le está haciendo pasar un mal rato. Pero como el narrador es un adulto, y el lector no debe interesarle sus riñas, se comportó.
Al cabo de unas cuadras Mariano llegó a su destino, la remiseria “Llega ya” en la cual el trabaja de recepcionista, recibiendo llamadas y enviando a los autos.
La tarde fue tediosa, no hubieron muchas llamadas y todo se resolvió con facilidad. El se pasó la tarde leyendo una novela titulada La Felicidad se puede Imaginar de un autor desconocido, suspirando de aburrimiento. Entonces el reloj marcó las seis, y Mariano sabía lo que esto significaba. A esta hora entraria aquella persona que el tanto ansiaba, que tanto venia esperando. La persona por la cual reinicio tantas veces, por la cual vivió ese momento repetidas veces. Esa persona entraría por la puerta en este momento.
Mentira, en esta vez esa persona todavía no existe.
—¡La que te re mil pario! No me hagas esto. Terminemos la historia ahora. Solo falta una vez, ¡por favor! —me imploro Mariano, casi llorando. Dicho esto trató de finalizar esta novela de una forma abrupta, sacó el revólver que tiene en su escritorio para evitar robos, lo cargó, se lo puso en la cabeza y puso el dedo en el gatillo; pero, si esta novela termina ahora, no sería más que un cuento corto, asi que no le voy a permitir terminarla así. Mejor hablemos de Gladys.
Gladys es una señora rutinaria, todas las mañanas se prepara un café con una medida de leche, servido a la misma temperatura, y lo toma leyendo el diario del día mientras suena la radio en el fondo, no porque ella la escuche, si no para llenar el vacío de la casa. Gladys es viuda y no tiene hijos, cobra la jubilación de su marido y vive de eso. Tampoco es de salir mucho, y cuando lo hace se queja con los empleados del supermercado chino que tiene a unos metros de su casa, su único destino, aparte del banco, siempre encuentra algo nuevo para quejarse, asi que ellos la atienden con agilidad para poder quitársela de encima lo más rápido posible.
Esta mañana, en cambio, no fue rutinaria para ella, ya que cuando abrió la heladera para retirar la leche para servir en el café encontró un revólver encima del queso de ayer. Se asustó mucho, ella no tiene armas; no sabia que esa arma le pertenecía a un hombre que se encontraba a unas cuadras de allí, lamentándose el no poder suicidarse al carecer de su revolver.
Y, volviendo a hablar de Mariano, ese hombre volvió a su casa, resentido, y se tiró en su cama para dormir un par de horas, sin saber que esa noche pasaría algo inesperado, algo que nunca le había pasado antes, en esa noche que había vivido, pero que no había experimentado estos eventos descriptos.
Con un poco de curiosidad y bronca se quedó dormido.