Haber sido
Había una vez, no, perdón, me corrijo, déjenme volver a empezar.
Había treinta y seis veces un hombre (o treinta y seis hombres, dependiendo que tanto abarque la percepción espacio-temporal del lector) que se enfrentó a su destino, luchó con sus compañeros, amó de manera apasionada y después, abruptamente, murió.
Este hombre es treinta y seis veces la misma persona, pero, en cada «vez», es un individuo distinto; en dos de éstas veces, por ejemplo, es una mujer, en otras seis se llama de manera distinta, nueve veces difiere en altura de los otros veintisiete y en la vez treinta y ocho, treinta y nueve y cuarenta no existe este hombre.
Siguiendo esta explicación, se puede afirmar, con absoluta confianza y sin certeza alguna, que este hombre es la misma persona y no es el mismo individuo de la misma manera que se puede afirmar que este hombre no es la misma persona pero es el mismo individuo. Ambas afirmaciones son válidas y ambas afirmaciones son equívocas, por lo tanto, tal y como usó un científico que tenía una fijación por demostrar su teoría envenenando gatos, yo, y no usted lector, puesto que su espacio-tiempo es universal, mientras que el mío es omniversal (término que una criatura universal se ve incapáz de comprender sin importar cuánto se le explique), puedo decir que este hombre es, y no es, el mismo individuo, y, que también, es la misma persona (excepto cuando tiene un nombre distinto por que, al tener una identidad distinta, no se lo puede reconocer como la misma persona).
Esta historia, sin embargo, no trata sobre ninguno de estos treinta y seis hombres; si el lector es atento habrá notado que llegué a nombrar la existencia (o inexistencia) de este hombre en cuarenta veces distintas, sin embargo, esta criatura omnitemporal (característica típica de los seres omniversales) menciono, tan solo, treinta y nueve instancias de este hombre. Hay una instancia que está faltando, que, si el lector fue atento y releyó las líneas anteriores (como hace en más de cincuenta y siete por ciento de las veces que lee esto por primera vez) se habrá dado cuenta que nunca he nombrado a la instancia numero treinta y siete. El lector se preguntará por qué omití ese número, pero antes tengo una pregunta que hacerle. ¿Sabe en qué “vez” de las cuarenta nombradas usted se encuentra?
En la número treinta y siete. Usted ya ha vivido este momento treinta y seis veces, pero también se puede decir que la persona que lo vivió no fue usted, así que repitamos lo mencionado unos párrafos antes y acordemos que usted ha y no ha vivido este momento treinta y seis veces. Y, continuando con toda esta línea de pensamiento, le explicaré por qué no había mencionado a la instancia numero treinta y siete.
La instancia numero treinta y siete no existía, pero ahora sí existe. Lo que cambió entre el antes y el después (una medida de tiempo incorrecta que utilizan ustedes, los seres universales) es su percepción. Esa instancia del hombre nunca fue percibida a nivel consciente o inconsciente por ningún ser universal y las cosas que no son percibidas son, tan solo, una probabilidad. Usted, al haber leído sobre este hombre, lo percibió, y, por lo tanto, lo hizo existir en esta “vez”, pues un personaje que nadie imaginó no puede existir en una realidad hasta que, al menos, alguien de esa realidad lo imagine.
Ahora que he logrado explicar vagamente que es el hombre, pasemos a explicar quién es el hombre y todo lo que eso conlleva.
El hombre tiene veinticuatro años, se llama Mariano y es travesti. Fuma mucho, no le gusta el alcohol pero se droga. No es homosexual. Tampoco heterosexual. Está enamorado de alguien que vive en la “vez” treinta y ocho. Es un ser omniversal en un mundo universal. Existe treinta y siete veces y él lo sabe. Él es una excepción a todo lo dictado anteriormente.
Ya explicado todo esto, voy a volver a empezar a contar esta historia, se la contaré a usted por treinta y sieteava vez y usted la leerá como si fuera la primera. No empezaré en pasado porque esta historia no ocurrió, si no que ocurre mientras usted la percibe. Como usted la interpreta es la verdadera forma en la que ocurre, aunque esté mal. Así que, sin más preámbulo, empecemos:
Hay una vez una chica llamada Ángeles, esta chica es, pero a la vez no es, un chico, así que podemos decir que Ángeles es un hombre y una mujer, pero no es las dos cosas, ya que él es un travesti; y esta es la historia de cómo él se enamoró de alguien que todavía no “es”.
—Malparido del diablo, andá a hacer otra cosa mejor que narrar.
Con esas dulces palabras Ángeles empieza esta historia. Es más agresiva que la vez anterior, se nota que está ansiosa porque está a tan sólo una vez de llegar a su objetivo.
Después de decir esto él se levanta de la cama, se toma un café, se cepilla los dientes y espera a que sean las seis y cuatro con treinta y seis segundos para salir del departamento, el momento justo cuando el señor Cornelio entra a su casa y se evita la charla matutina. De ahí cruza la calle y empieza a caminar una de las dos cuadra de su camino.
Después para en el kiosco para comprar unos cigarrillos y de ahí…
¡Ey, dije “para en el kiosco para comprar unos cigarrillos”!
¿Acaso me estás escuchando?
¿Mariano?
Ya pasamos por esto…
No me obligues a hacerlo de vuelta.
(El narrador suspira y revuelve unos papeles)
—¿Me explicás para qué te narrás a vos mismos? —me pregunta, increpando, Mariano.
¿Acaso tengo tu atención? Bien, sigamos entonces.
—Pero sólo si no comenzás el siguiente párrafo con el mismo adverbio que el anterior.
¿De qué estás hablando?
—Empezaste dos párrafos seguidos usando el adverbio “después”. Un poco de propiedad.
Es un elemento vanguardista usado por…
—¡Un poco de propiedad!, dije ¿O acaso, además de escribir no sabés leer? ¿Que viene después? ¿Un párrafo que empieza con “entonces”?
No me obligues a hacerlo…
—¡No! ¡Esperá! ¡Sigamos con mi historia!
Entonces ahora sí, como decía…
—Bruto…
¿Qué dijiste?
—¿Qué? Nada, nada. Sigamos.
Durante su caminata por la calle, Mariano, quien vestía unos zapatos de cuero incómodos, los cuales hacían que le duela el juanete que tenía en el pie izquierdo, paró en el kiosco a comprar cigarrillos, pero el mal nacido era tan pobre que no tenía ni un billete en su posesión y tuvo que pagar con monedas, pidiéndole ayuda al kiosquero porque el parkinson que tenía en las manos no le permitía contar las monedas. De ahí siguió caminando y pisó un excremento de perro. Fresco. Todo mientras esperaba para cruzar el semáforo.
—¿Seguís resentido, no?—dijo él, solo, en la calle, mientras la gente lo miraba como si fuera un loco porque estaba hablando sólo a un narrador que nadie más que él escuchaba y que él asumió que ese narrador estaba enfurecido porque lo había insultado al decirle que no sabía escribir. Como también suponía que ese narrador, por resentido, le estaba haciendo pasar un mal rato. Pero como el narrador es una criatura madura y responsable, y el lector no debe interesarle sus riñas, se comportó.
Al cabo de unas cuadras Mariano llegó a su destino, la remisería “Llega ya” en la cual él trabaja de recepcionista, recibiendo llamadas y enviando a los autos.
La tarde fue tediosa, no hubieron muchas llamadas y todo se resolvió con facilidad. Él se pasó la tarde leyendo una novela titulada La Felicidad se puede Imaginar de un autor desconocido, suspirando de aburrimiento. Entonces el reloj marcó las seis, y Mariano sabía lo que esto significaba. A esta hora entraría aquella persona que él tanto ansiaba, que tanto venía esperando. La persona por la cual reinició tantas veces, por la cual vivió ese momento repetidas veces. Esa persona entraría por la puerta en este momento.
Mentira, en esta vez esa persona todavía no existe.
—¡La que te re mil parió! No me hagas esto. Terminemos la historia ahora. Solo falta una vez, ¡por favor! —me imploró Mariano, casi llorando. Dicho esto trató de finalizar esta historia de una forma abrupta, sacó el revólver que tenía en su escritorio para evitar robos, lo cargó, se lo puso en la cabeza y puso el dedo en el gatillo pero, si esta historia terminara ahora, no sería más que un cuento corto, así que no le voy a permitir terminarla asi. Mejor hablemos de Gladys.
Gladys es una señora rutinaria, todas las mañanas se prepara un café con una medida de leche, servido a la misma temperatura, y lo toma leyendo el diario del día mientras suena la radio en el fondo, no porque ella la escuche, si no para llenar el vacío de la casa. Gladys es viuda y no tiene hijos, cobra la pensión de su marido y vive de eso. Tampoco es de salir mucho, y cuando lo hace se queja con los empleados del supermercado chino que tiene a unos metros de su casa, su único destino, aparte del banco, siempre encuentra algo nuevo para quejarse, así que ellos la atienden con agilidad para poder quitársela de encima lo más rápido posible.
Esta mañana, en cambio, no fue rutinaria para ella ya que cuando abrió la heladera para retirar la leche para servir en el café encontró un revólver encima del queso de ayer. Se asustó mucho, ella no tiene armas; no sabia que esa arma le pertenecía a un hombre que se encontraba a unas cuadras de allí, lamentándose el no poder suicidarse al carecer de su revólver.
Y, volviendo a hablar de Mariano, ese hombre volvió a su casa, resentido, y se tiró en su cama para dormir un par de horas, tratando de apaciguar su cabeza con una siesta.
Con un poco de aburrimiento y bronca se levantó, el sueño no lo acompañaba. Cepilló su peluca, se puso una falda, unas medias largas, una remera con lentejuelas y una campera de cuero falso con flecos. Finalmente enganchó bien la peluca a su cabeza y, con los labios pintados y la cara maquillada, salió a recorrer la noche.
Las luces de los bares iluminaban la ciudad, conocida por ser una lámpara en medio de la oscuridad, la ciudad que nunca duerme, la ciudad de las posibilidades. Acá podría pasar cualquier cosa, menos lo que él buscaba. Ella no puede vivir con facilidad si su amor no está. Tampoco sabe cómo reaccionaría cuando finalmente se encontraran, ¿le retribuiría su amor o huiría porque no la reconoce?
No tenía tiempo ni ganas de dudar, así que se detuvo en un bar y pidió un whisky nacional con dos piedras de hielo. El bartender, un extranjero buen mozo de unos veinte años, quien probablemente vino al país para estudiar, le sirvió el trago con una sonrisa, pero Ángeles, quien trabajó mucho en el rubro de la gastronomía, sabía que esa sonrisa era una mentira suplicando propina.
Probó el whisky. Horrible. Pero mejor emborracharse como mujer que drogarse como hombre. Son tiempos difíciles, o mundos difíciles en su caso, pero no había nada más que hacer para pasar el tiempo.
No pasaron ni treinta minutos que un hombre, de unos cuarenta años, con un par de copas en sangre y motivado por sus amigos de la mesa de al lado, vino a intentar seducirla. Él no se veía atractivo, ni entretenido. Tenía la apariencia vulgar de alguien que nunca había logrado nada más que conformarse con sobras, y Ángeles, antes de llevar una charla llena de nimiedades desinformativas, optó por hacerlo huir con las palabras “¿Todo bien?” usando la voz grave de Mariano. El hombre, espantado porque el alcohol le hizo creer que Mariano no era más que una mujer de hombros anchos, huyó con sus amigos que no paraban de reírse y burlarse.
El tiempo pasó, y cuando Ángeles estaba borracha optó por volverse a su casa. El alcohol la ayudaría a dormir con tranquilidad.
Mientras caminaba ella no pudo evitar llorar. Quería terminar esta vez, ya se alargó mucho, pero sabía cómo seguía la historia, sabía que le faltaba un mes. Él lo sabía.
El ruido de sus zapatos rompía el silencio de la noche y camuflaban el ruido de las lágrimas que iban dejando un rastro hasta la casa. El señor Cornelio, su vecino, estaría ya en el quinto sueño así que a ella no le molestaba hacer ruido, no lo despertaria, y sacó las llaves para abrir la puerta con toda la bronca que venía acumulando, pero encontró que la cerradura estaba forzada. Nunca antes había pasado esto. ¿Cómo es esto posible? Esto no estaba en el plan. Esto no debería pasar. ¿Qué le han hecho a mi historia?
Mariano, no entres a la casa. No sé qué es esto, no te puedo ayudar si no puedo controlar lo que pasa. Mariano, por favor, salí ya de ahí.
—Juana… ¿Qué haces acá?
Mariano, por favor, todavía estás a tiempo.
—Te estuve buscando desde hace tanto. Juana, por dios, te quiero ver desde hace tanto.
—Yo también te estuve buscando Mariano, no pude evitarlo. Te quise ver, una vez más antes de que esto termine.
¡Mariano, no la escuches! ¡No le creas cualquier mentira que te diga!
—¿Antes de que esto termine? ¿A qué te referís? Podemos quedarnos por siempre acá.
—No Mariano, todo termina acá. Vos tenías que narrar la siguiente historia. Y yo la iba a vivir. Esta es la última vez que nos vamos a ver. Todo esto fue plan del narrador para que vivas hasta este momento.
Por favor Mariano, no la escuches, no le creas lo que te dice. Ya sé, ¡la voy a usar a Gladys!
—Todo terminó para él, y necesita alguien que lo reemplace, para eso te usó a vos. Pero no voy a dejar que te pase eso.
—¿De qué hablás Juana? ¿Cómo que no te voy a ver?
Por favor…
—Te amo Mariano.
Deténganse, la voy a usar.
—No, Juana, ¿qué vas a hacer? ¿Qué está pasando?
Ustedes lo pidieron.
“Gladys se despertó cuando escuchó una voz en su cocina” dijo el narrador mientras llevaba la historia hacia otro lugar para escapar de las paradojas omniversales que se produjeron después de que Mariano influenciara con sus deseos al lector. En un instante Mariano se encontró en otro lado completamente distinto teniendo que enfrentar una situación con una señora mayor que estaba espantada del miedo.
El narrador había ganado, había logrado salvarse de la problemática situación en la que estaba, pero, ¿a qué precio? Todo el esfuerzo y sufrimiento de Mariano había sido borrado con una simple oración.
Él suspiró, o hizo algo equivalente a un suspiro para narradores y aceptó su fin. Juana tenía razón, esta historia era su final, su gran despedida, no tenía fuerzas para un reinicio más, y ahora Mariano tomaría su lugar, así que cuando logró vaciar el aire de sus pulmones, desapareció junto con ellos, con humillación y vergüenza, porque su gran final fue un fracaso atado con hilos. Pero su cometido había sido logrado.
Ahora que el narrador había desaparecido, solo quedaba Mariano, quien estaba llorando en su departamento; yo ya no me encuentro a su lado, salí de esta historia para evitar que él tomara el rol del narrador. Se había quedado sin ganas de vivir, él tampoco tenía fuerzas para seguir con este camino, treinta y siete vidas son más de las que podría vivir cualquier criatura. Él quería desaparecer, así que le concedo eso, es lo más piadoso que se puede hacer.
Mariano y Angeles ya no son más.
Y ahora, lector, le dejo a usted la última tarea. Yo ya no puedo acabar mi historia, el rol del narrador trae una narración eterna hacia el lector. Así que le pido que sea piadoso y me deje dormir en el eterno descanso. Un narrador sin lectores no puede narrar, y un narrador que no puede narrar no existe.
Por favor, deje de leer.
Cierre esta historia y busque algo distinto que hacer.
Ya no hay protagonistas. Ya no hay propósito. Ya no hay nada que leer.
Buenas noches.