
Escalera Montaña Rusa
Ella lo mira, lo aprecia. Lo desea. Los dos se cruzan la mirada.
Palabras van. Palabras vienen. Gestos y sutiles caricias pasan, pero se difuminan en la noche. Pequeñas miradas, de ella hacia él y grandes observaciones, de él hacia ella.
Cruces inseguros. Se dan las manos y bailan. La música se transforma en vibraciones. Los cumplidos transmutan en bellas promesas.
Las ilusiones giran en torno a un deseo muy poderoso. Los vicios ayudan, las caricias excitan. Las emociones se fusionan y los sueños se cumplen.
Suben la escalera lentamente, demasiado lento para el gusto de ella, muy rápido para el de el.
Y cuando la promesa se vuelve una maldición, ella se tropieza y cae. Sola. Lastimándose por cada escalón que subieron juntos. Sus brazos se llenan de moretones, su cabeza de sangre, sus ojos de lágrimas y su corazón de tristeza.
Ella conoce muy bien el fondo de esa escalera. Es atrapante, lleno de desesperación. Las pirañas que lo habitan la muerden y no le dejan levantarse. Con cada mordida le repitan la maldición:
“No puedo, tengo novia”.
Y ella siente que se encuentra en un pozo sin fondo. Que el agua entra en sus pulmones y se ahoga. Que nunca puede salir de allí.
Pero ese pozo tiene un fondo. Y no es profundo. Eventualmente ella lo tocara. Y podrá escalar afuera.
Podrá intentar trepar de vuelta la escalera. Podrá quedarse en la pista de baile. Podrá tener esperanzas en otra ilusión o podrá negarse a ellas.
Pero primero, necesita tocar el fondo para salir de ese pozo.
Y del otro lado de las vías del tren, un espectador observaba esta escena. Impotente de ayudar, conmovido por la situación y distanciado.